¿Por qué se dolerá Renato?
Renato hace y luego mira en 63` busca ser un tratado sobre el cuerpo. Más que sobre el cuerpo, sobre los dolores que se inscriben en él. A contrapelo de los cuerpos esculpidos del gimnasio y de esos otros desprovistos de marcas y de vellos, en contraposición a esas epidermis exfoliadas y sin cicatrices, asistimos en esta obra a la puesta en escena de un cuerpo frágil y minúsculo. Se trata del organismo de un hombre ordinario que viaja en autobús, que dice gracias y perdón y buenos días; que expone sus miserias a la luz de una débil bombilla mientras ausculta otro cuerpo tan desgarrado como el suyo. Justo como lo hacemos nosotros.
Pero es evidente que Renato no ha venido a redimir a nadie. En ese sentido, este unipersonal comulga con todo un clima artístico propio de la contemporaneidad: no estamos frente al drama de un Mesías, sino frente a una versión más de ese antihéroe contemporáneo que no tiene más que ofrecernos que su propia desgracia. He ahí uno de los deslices de la obra: en tanto estetización de una desgracia ordinaria, Renato esta allí para que nos aliviemos de que no somos él (no hay que olvidar que la proximidad de la butaca al escenario es siempre engañosa, el propio Renato se encarga de recordarnos que la “la cercanía produce la ilusión de que somos todos iguales”). Porque si bien hay una búsqueda insistente de interpelar al espectador, unas veces de forma indirecta y otras de forma directa (como ocurre cuando el actor nos muestra en un primer plano el rostro de uno de los asistentes), lo cierto del caso es que el texto se pierde cuando alude al tema de la propiocepción. Lo de Renato no es un desorden neurológico (como tampoco son neurológicos los dolores de ninguno de nosotros, cosa de la que deberían tomar nota los psiquiatras) sino una problemática de otro orden. Frente a los martirios de Renato, uno espera una reflexión a propósito del conjunto de dispositivos de control con los que se contienen hoy en día las potencialidades del cuerpo, pero lo que recibe es un abordaje de orden neurológico de dramas cuya raíz se encuentra en otro sitio. Así, el texto dramático abre con fuerza un nudo de problemas que tienen que ver con aflicciones que padecemos todos, pero se decanta, por momentos, por cientifizar esas aflicciones. Pecado menor, si consideramos que la obra tiene guiños de reflexión sociológica que la salva de ser una mera especulación en torno a los desarreglos perceptivos de un enfermo.
La obra hace una utilización límpida del recurso audiovisual, cosa de alabar en un medio en el que es ya moda la implementación de imágenes, aún cuando estas aparezcan como un agregado gratuito y molesto escenográficamente hablando. La ejecución es, por otra parte, más que sobresaliente, y da cuenta del desarrollo actoral de Oscar González, uno de los más talentosos artistas escénicos jóvenes de nuestro país.
Renato hace y luego mira en 63 es un espectáculo que debe ser visto. Sobre todo porque escenifica el ejercicio de una violencia que nos golpea a diario. ¡Lástima que esa violencia no es correspondida con un verdadero escupitajo al sistema que la produce!
Pero es evidente que Renato no ha venido a redimir a nadie. En ese sentido, este unipersonal comulga con todo un clima artístico propio de la contemporaneidad: no estamos frente al drama de un Mesías, sino frente a una versión más de ese antihéroe contemporáneo que no tiene más que ofrecernos que su propia desgracia. He ahí uno de los deslices de la obra: en tanto estetización de una desgracia ordinaria, Renato esta allí para que nos aliviemos de que no somos él (no hay que olvidar que la proximidad de la butaca al escenario es siempre engañosa, el propio Renato se encarga de recordarnos que la “la cercanía produce la ilusión de que somos todos iguales”). Porque si bien hay una búsqueda insistente de interpelar al espectador, unas veces de forma indirecta y otras de forma directa (como ocurre cuando el actor nos muestra en un primer plano el rostro de uno de los asistentes), lo cierto del caso es que el texto se pierde cuando alude al tema de la propiocepción. Lo de Renato no es un desorden neurológico (como tampoco son neurológicos los dolores de ninguno de nosotros, cosa de la que deberían tomar nota los psiquiatras) sino una problemática de otro orden. Frente a los martirios de Renato, uno espera una reflexión a propósito del conjunto de dispositivos de control con los que se contienen hoy en día las potencialidades del cuerpo, pero lo que recibe es un abordaje de orden neurológico de dramas cuya raíz se encuentra en otro sitio. Así, el texto dramático abre con fuerza un nudo de problemas que tienen que ver con aflicciones que padecemos todos, pero se decanta, por momentos, por cientifizar esas aflicciones. Pecado menor, si consideramos que la obra tiene guiños de reflexión sociológica que la salva de ser una mera especulación en torno a los desarreglos perceptivos de un enfermo.
La obra hace una utilización límpida del recurso audiovisual, cosa de alabar en un medio en el que es ya moda la implementación de imágenes, aún cuando estas aparezcan como un agregado gratuito y molesto escenográficamente hablando. La ejecución es, por otra parte, más que sobresaliente, y da cuenta del desarrollo actoral de Oscar González, uno de los más talentosos artistas escénicos jóvenes de nuestro país.
Renato hace y luego mira en 63 es un espectáculo que debe ser visto. Sobre todo porque escenifica el ejercicio de una violencia que nos golpea a diario. ¡Lástima que esa violencia no es correspondida con un verdadero escupitajo al sistema que la produce!
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